El carbono invisible: la huella que un edificio genera antes de que alguien viva en él

En Sevilla hay grúas por todas partes. En los suelos de la antigua Cruzcampo, en Palmas Altas, en Hacienda el Rosario o en la antigua algodonera de Alcosa. La ciudad vive un momento de intensa actividad constructora, con miles de viviendas en marcha y varios ámbitos de desarrollo por delante.

Cada una de esas obras plantea una pregunta que hasta ahora rara vez nos hacíamos: ¿cuánto contamina un edificio antes de que nadie haya vivido en él?

Durante años, medir la sostenibilidad de una vivienda ha significado medir su consumo. La calefacción, el aire acondicionado, la factura de la luz. Pero existe una huella anterior, que empieza mucho antes de que alguien abra la puerta por primera vez y que está ganando peso en la normativa europea: el carbono incorporado.

Qué es el carbono incorporado

El carbono incorporado, también llamado carbono embebido, reúne las emisiones asociadas a los materiales y procesos necesarios para construir un edificio: extraer las materias primas, fabricar el hormigón, el acero, el aislamiento o el vidrio, transportarlos y ejecutar la obra.

A diferencia de las emisiones derivadas del uso del edificio, buena parte de esta huella se genera antes de que empiece su vida útil. Y una vez emitida, no puede recuperarse.

Las cifras ayudan a entender la dimensión del problema. Según el Informe Mundial sobre el Estado de los Edificios y la Construcción elaborado por el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, el sector representa el 37% de las emisiones globales, consume el 28% de la energía mundial y concentra cerca del 50% de la extracción global de materiales. La fabricación de materiales como el cemento y el acero tiene un peso especialmente relevante dentro de esa huella.

El mismo informe aporta una imagen que ayuda a situar la escala: en el mundo se construyen alrededor de 12,7 millones de metros cuadrados cada día, el equivalente a añadir una ciudad como París prácticamente cada semana.

La conversación sobre edificios eficientes, por tanto, ya no termina en cuánto consume una vivienda cuando está habitada. También importa cuánto carbono ha sido necesario emitir para ponerla en pie.

2028: el carbono entra en los cálculos

Hasta ahora, el carbono incorporado podía parecer una cuestión reservada a estudios técnicos y certificaciones ambientales. Eso está cambiando.

La Directiva europea de eficiencia energética de los edificios establece que, desde enero de 2028, los edificios nuevos de más de 1.000 m² deberán calcular y declarar en su certificado de eficiencia energética el potencial de calentamiento global a lo largo de su ciclo de vida. Desde enero de 2030, esta obligación se extenderá a todos los edificios nuevos.

Los Estados miembros deberán publicar además una hoja de ruta para introducir valores límite a esas emisiones de ciclo de vida.

El cambio es importante porque introduce una nueva variable en decisiones que hasta ahora se analizaban principalmente desde el coste, el plazo o la eficiencia energética.

Qué materiales utilizar, cómo diseñar, cuánto transportar, qué sistemas constructivos elegir o cuánto puede durar un edificio tendrán cada vez más peso en la evaluación ambiental de un proyecto.

Por qué esto interesa especialmente en Sevilla

Sevilla se encuentra en una posición particular. Es una de las ciudades españolas con más actividad residencial en marcha, con miles de viviendas en construcción y varios ámbitos de crecimiento por desarrollar en los próximos años.

Ese volumen cambia la escala del problema. Cuando se construye poco, cada criterio afecta a pocos edificios. Cuando se construye mucho y de forma planificada, los criterios que se fijen desde el principio se aplican sobre miles de viviendas.

A ello se suma un factor climático propio. En una ciudad con veranos como los de Sevilla, el diseño pasivo (la orientación de las viviendas, la ventilación cruzada, la protección solar o la inercia térmica de los materiales) reduce la demanda energética durante toda la vida útil del edificio, sin necesidad de sustituir instalaciones más adelante. Es una forma de eficiencia que no se degrada con el tiempo.

Cómo se reduce el carbono de un barrio

No existe una única solución. La reducción del carbono empieza mucho antes de elegir el acabado de una fachada.

Una de las decisiones más importantes tiene que ver con el suelo y las infraestructuras. Reutilizar ámbitos ya transformados puede evitar parte de las nuevas obras de urbanización que requiere desarrollar un territorio desde cero. La transformación de antiguos espacios industriales dentro de la ciudad muestra cómo la regeneración urbana puede incorporar nuevos usos residenciales sin extender la ciudad sobre suelo sin transformar.

Otra vía es la construcción industrializada. Fabricar componentes en planta y ensamblarlos después en obra permite mejorar el control de materiales, reducir determinados residuos y optimizar los tiempos de construcción. También abre la puerta a sistemas constructivos con menor impacto ambiental, como las soluciones basadas en madera contralaminada.

La rehabilitación es otra pieza importante. Actuar sobre edificios existentes evita buena parte de las emisiones asociadas a levantar una vivienda nueva, aunque la propia rehabilitación consume recursos, el ahorro respecto a la obra de nueva planta suele ser considerable.

Y hay una decisión todavía más básica: proyectar edificios que puedan durar, mantenerse y adaptarse. Cuanto más tiempo permanezca en uso un edificio y más fácil resulte adaptar sus espacios a nuevas necesidades, más sentido tiene la inversión de recursos realizada durante su construcción.

Una planificación que empieza antes del edificio

Muchas de estas decisiones no se toman cuando se dibuja un edificio concreto. Se toman en fases previas: en la ordenación del ámbito, en el trazado de las calles, en la disposición de las manzanas y en la relación entre las viviendas, los espacios libres, los equipamientos y la movilidad.

Esa es la escala en la que trabaja Pítamo Ciudad Sostenible. El proyecto se desarrolla sobre 2.064.722 m² de superficie total e integra vivienda, actividad económica, servicios avanzados, equipamientos, movilidad y espacios libres dentro de una misma ordenación. El ámbito contempla 421.369 m² de Sistema General de Espacios Libres y 237.888 m² de dotaciones de sistema local de espacios libres.

De las 9.910 viviendas previstas, 4.199 serán protegidas.

A esta escala, decisiones que parecen independientes terminan estando relacionadas. La orientación de las viviendas, la continuidad de los espacios verdes, las distancias a los equipamientos o la conexión con las redes de movilidad forman parte de la misma planificación. Y también lo hace la forma en que se construirán los edificios, porque los criterios ambientales que se fijan en la ordenación acaban condicionando cada promoción que se levante después.

La huella que decidimos hoy

El carbono incorporado tiene una particularidad: una parte importante de sus emisiones se produce antes de que el edificio empiece a utilizarse. Después podremos mejorar su eficiencia energética, sustituir instalaciones o rehabilitarlo, pero las emisiones generadas para fabricar sus materiales y levantarlo ya forman parte de su historia.

Por eso las decisiones que se toman en las primeras fases pesan tanto. Reutilizar suelo, elegir materiales y sistemas constructivos con menor impacto, diseñar edificios duraderos y aprovechar las condiciones climáticas del lugar son decisiones que pueden reducir la huella de un barrio durante décadas.

La pregunta, para una ciudad que construye tanto como Sevilla, resulta muy concreta: ¿qué lugar debe ocupar el carbono en la forma en que planificamos nuestros barrios?

Los edificios que se proyecten en los próximos años seguirán en pie cuando llegue 2080. La huella con la que empiecen su vida se está decidiendo ahora.

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